También antes hubo algo, Helen Orvig

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«Tambien antes hubo algo» por Helen Orvig

Considero que el seminario realizado a fines de 1978 por iniciativa de Gina Vargas, Wicky Meynes y de Kate Young, fue el inicio de lo que es nuestro movimiento hoy y que constituyó un verdadero regalo para la mujer peruana. A partir de ese seminario se despertó una conciencia clara sobre la condición de la mujer en el Perú y nacieron los grandes sueños y proyectos por realizar.

Hablo a menudo de las mujeres que participaron en el seminario como la “segunda camada de feministas” en el Perú y por ello agradezco la oportunidad que me ofrece el presente seminario para contar cómo los 25 años de Flora y de Manuela no son realmente los 25 años de feminismo en el Perú, sino que todo se inició a fines de los años sesenta y fue llevado adelante por los grupos (no ONG) Movimiento de Promoción de la Mujer, Grupo de Trabajo Flora Tristán (totalmente ajeno al actual CMP Flora Tristán) y Acción para la Liberación de la Mujer Peruana (ALIMUPER). En esta última organización destacó el trabajo de personas como Cristina Portocarrero y Ana María Portugal, en colaboración con Rosa Dominga Trapasso y Timotea Galvín de Creación y Cambio, que garantizó la continuidad de esta línea como un puente desde la precariedad inicial hasta la realización del seminario mencionado.

Nuestra búsqueda en los años 60 se distinguió mucho del ambiente de entusiasmo traído al Perú por las holandesas y Kate Young en 1978. La nuestra fue una búsqueda solitaria, titubeante, dolorosa. Éramos pocas las que nos reuníamos en esa época y, además, todas diferentes las unas de las otras, diferentes en edades, en estado civil, en opción religiosa, en formación académica, en ocupación laboral e, incluso, en grados de radicalidad en nuestro izquierdismo, el que sí compartíamos.

Debido a esta diversidad es que no puedo ofrecerles una clara imagen de lo que fue nuestra búsqueda, solo me siento autorizada a responder por mí misma. Para mí fue un proceso muy profundo y, a pesar de ser tan personal, siento que al atreverme a compartir con ustedes mi experiencia de entonces, voy a llegar a cada una con, por lo menos, cierto porcentaje de esa, para mí, extraordinaria vivencia. Por eso creo que vale la pena intentarlo.

En mi caso entiendo que mi rebeldía de mujer tuvo mucho que ver con mi condición de inmigrante, no en el sentido estereotipado de ser gringa, sino que al llegar al Perú, hace cincuenta años, como mujer me convertí de golpe en mamá, esposa, nuera, “señora peruana” y extranjera, dejando definitivamente atrás mi vida de estudiante, mis amigos, mi familia, mi idioma y enfrentándome a un país y a una sociedad, totalmente desconocidos. No se trataba simplemente de un choque cultural; para mí, en un principio, fue perderme, perder mi ser y tener que iniciar una lenta y muy dolorosa búsqueda de mí misma.

Fue una búsqueda de realización personal, del yo auténtico. Desde mis últimos años en el colegio y a través de los años universitarios había tenido tantos sueños y fantasías maravillosas sobre realizaciones en mi vida futura y había pensado que al casarme con Augusto, no arriesgaba perder nada, sólo ganar. Sin embargo, a los dos, sin verlo, sin comprenderlo, nos tragó lo tradicional y me vi de golpe humanamente impotente y reducida a mi papel exclusivo de madre y esposa.

Después de diez largos años algo comenzó finalmente a moverse en el interior de la parálisis de mi humanidad, algo que ustedes como feministas no vacilarían en denominar heterodoxo: fue por mi admiración por Augusto, por su inteligencia, su autenticidad, sensibilidad y honestidad. El significaba para mí la realización total del potencial humano de una persona.

Y un día escribí lo siguiente:

Con nostalgia amo al hombre, deseosa de ser como él.

Porque el hombre camina de roca en roca,

asciende a través del negro espacio guiado por

un lejano planeta dentro de él.

Su blanca soledad es su lumbre.

Mi ser se estremece ante su infinita belleza:

erguido, libre, invulnerable, así lo amo,

nostálgicamente,

como lo amo en la profundidad de su goce de vivir.

Y al llorar el hombre,

al cubrirse el rostro

con sus manos agrietadas

por la historia de sus actos,

empapadas en la hondura de las cosas,

al sufrir él,

estalla la verdad en la noche que cae

mientras Dios contiene la respiración

ante la gravedad de la vida humana.

Esta primera inquietud, la que produjo estas líneas, fue definitiva para mí. Entendí que siempre había aspirado a que mi vida llegara a una altura, a una profundidad semejante a la descrita en ellas. Y había creído que eso siempre iba a ser posible, que yo era diferente a las otras mujeres, superior, que solamente necesitaba más tiempo. Fue muy fuerte darme cuenta que yo solo era otra más, sin capacidad creativa o intelectual, sin capacidad de verme a mí misma y totalmente alienada en mis quehaceres caseros, en un dejar pasar los días de mi vida sin más.

Fue entonces que me di cuenta que con nuestro potencial humano amarrado, aplastado, todas las mujeres compartíamos ese mismo destino, que no era ni yo ni ellas, sino el sistema tradicional con sus roles lo que nos alejaban a todas de la posibilidad de tener autonomía y de realizarnos plenamente. Sentí una profunda solidaridad con todas las mujeres comunes y corrientes y dolor por nuestra común condición de marginalidad.

6 Augusto Salazar Bondy (Lima 1925 – 1974), filósofo y educador de reconocida trayectoria. Integró la Comisión de la Reforma de la Educación (1969) y participó en la elaboración del Informe general y en la ley respectiva. Asumió la presidencia del Consejo Superior e Educación (1971-1974). (Alberto Tauro del Pino 2001. Enciclopedia Ilustrada del Perú. El Comercio, PEISA. Vol. 15, pág. 2343, Lima.) (Nota de la editora).

Pero, allá por el año 1965, esto fue un descubrimiento solitario. A pesar de ver tan claramente, en todas las mujeres a mi alrededor, la confirmación de lo que pensaba, nadie parecía sufrir de esa condición en su vida. Todas parecían felices con su marido, sus hijos, su casita y nada les hacia falta –aparentemente. No tenía con quién compartir mis propias vivencias, las que me iban sumiendo, poco a poco, en una terrible depresión.

Viéndome a mí misma como una sombra de mi esposo, dependiente de él y de sus iniciativas y planes, así como de su aprobación, y asumiendo pasivamente los días, los años, en las angustiantes tareas de ocuparme de mis hijos, percibía que esta dominación a que me había sometido había atrofiado en mí mi vitalidad original. Y estableciendo las paralelas conmigo misma, el concepto de nuestra humanidad atrofiada como consecuencia del sistema social opresivo, me explicaba las dificultades que teníamos las mujeres para crecer como seres autónomos.

Pero llegó el día, en 1966, en que encontré en la librería Studium el libro La mística de la feminidad de Betty Friedman. Fue una revelación, una total identificación y la plena confirmación de mis ideas. Ya no estaba sola en este mundo y podía comenzar a soñar con una nueva, una futura realidad: la liberación de la mujer.

Me ayudó enormemente mi participación en el seminario “La mujer en la cultura moderna” en la Universidad de Kansas durante el primer semestre de 1968. Fue una guía para mí en cuanto a lecturas en antropología, sociología, psicología, etc., dándome una mejor preparación. De regreso a Lima lo único que quería era escribir para despertar la conciencia, tanto de las mujeres como de la sociedad en general, sobre la situación de la mujer. Logré, en esa época, una rica comunicación con dos mujeres, Elena Portocarrero, novelista, e Hilda Araujo, bachiller en filosofía de San Marcos. Elena y yo andábamos soñando con la creación de una revista. Esta se llamaría “¡Que viva la mujer!”. Pero la verdad es que nos rendimos ante las dificultades que significaban tanto la financiación como toda la labor ajena al mismo hecho de escribir (además teníamos miedo, respecto al nombre, de exponernos a que ¡nos pusieran acento sobre la e!). Con Hilda formamos el primer grupo de conversaciones sobre el tema mujer. Nos reuníamos semanalmente en su casa con un número reducido y además fluctuante de participantes. Las más asiduas eran, fuera de Hilda y de mí, Narda Henríquez, Lourdes Zegarra, Rosa María Salas y Silvia Loayza.

Queríamos analizar a fondo todos los aspectos de la vida de la mujer y llegar a conclusiones con un cierto consenso. Discutíamos mucho y creo que en ese pequeño grupo llegaron a expresarse todas las diferentes tendencias que luego se dieron en el mundo en el feminismo de los años setenta. El marxismo estuvo evidentemente en primera plana. Personalmente me aburría la lectura “obligatoria” de El Capital. Luego, el temor de ir contra los hombres llegó a mediatizar bastante nuestros avances. Finalmente, hubo la actitud de no querer generalizar a partir de nosotras mismas como mujeres, sino de focalizar a “las otras”, especialmente a la mujer popular.

A mediados de los setenta, gracias a Francisco Moncloa, tuve una columna bajo el título de “Mujer y Sociedad” en la página femenina del diario Expreso. Sin embargo, las que dirigían esa página eran sumamente politizadas y, rechazando mis enfoques sobre la mujer, me boicoteaban cambiando mi nombre, excluyendo párrafos, mandándome a la edición de provincias, etc. Afortunadamente a Moncloa le interesó lo que escribía, me dio entonces un espacio quincenal en la página editorial.

A partir de mis artículos e identificadas con mis inquietudes, me buscaron Cristina Portocarrero y Elena y Violeta Sara-Lafosse. Ellas tenían también sus grupos. El de Cristina tenía las participantes más jóvenes y al mismo tiempo más inestables; el de Elena y Violeta contaba con la presencia constante de Carmen Martínez, Amparo Ferrer y algunas más. Éramos ya tres grupos: el de Cristina, con el nombre de Acción para la Liberación de la Mujer Peruana (ALIMUPER). Cristina con su grupo fue desde el principio una activista que participaba en manifestaciones en la calle como, por ejemplo, en el homenaje a Micaela Bastidas delante de su monumento. Nuestro grupo original tuvo un proceso más confuso, uniéndose ocasionalmente al de Elena y Violeta sin mayores definiciones y manteniendo ciertas diferencias. La suma de estos dos grupos dio lugar al Movimiento de Promoción de la Mujer. En ese mismo año conocimos al grupo Taller de Trabajo Flora Tristán con Rosario Pérez Fuentes, Lía Morales, Carmela Mayorga, Elizabeth Andrade y Ana María Miranda. Ellas trabajaban con mujeres en Comas, formando grupos para darles información en temas de niñez, natalidad y reprosalud, llevando profesionales para las charlas.

Así fue nuestro nacimiento como movimiento (sorteando risas e insultos de nuestro propio medio), trabajando como grupos, cada uno de acuerdo a sus características: ALIMUPER con su activismo, el taller Flora Tristán a nivel popular y el Movimiento de Promoción en concientización a través de la prensa, y con Violeta enseñando Educación Familiar en la Universidad Católica. Nos uníamos en el Frente de Mujeres para juntas hacer pronunciamientos en los periódicos a propósito de ciertos sucesos sociales.

En vísperas de promulgarse la Ley General de Educación –la de la Reforma Educativa–, Augusto me pidió proporcionarle un texto para un artículo en la ley que tomaría en cuenta la situación de la mujer peruana y su necesidad de integración en los cambios sociales. Mi propuesta fue discutida y aceptada en el Ministerio de Educación, excepto la parte en la que se trataba la marginación de la mujer que fue juzgada como “humillante para la mujer”. Así nació el artículo 11 de la Ley General de Educación sobre la revaloración de la mujer, a partir del cual se inició un amplio trabajo en el Ministerio. Se creó, en primer lugar, el Comité Técnico de Revaloración de la Mujer –COTREM– bajo la dirección de Ruby Cervantes. Los criterios de COTREM fueron asumidos en todos los niveles, primaria y secundaria, y en todas las asignaturas. Fui testigo del trabajo con los contenidos de los textos escolares cuando me llamaron, junto con otras mujeres, a colaborar en los temas de familia y sexualidad.

Pero la revaloración de la mujer no quedó sólo en el nivel del Ministerio de Educación. Fue integrada en el trabajo de la JUPSE, una junta de difusión intersectorial que activaba la integración de los contenidos de la Reforma de la Educación a los programas de cada sector. La JUPSE contó con representantes de casi todos los sectores, así como de organizaciones de la sociedad civil. Por el Movimiento de Promoción de la Mujer y las organizaciones de mujeres en general tomaron parte en el trabajo, por la revaloración de la mujer, Violeta y Elena Sara-Lafosse y Carmen Martínez.

El año 1972 fue también muy significativo para nuestros grupos porque Rosa Dominga y Timotea, quienes paralelo a su trabajo en Cáritas hacían una labor social especial con mujeres, nos invitaron a colaborar con ellas. El contacto fue muy enriquecedor, durante todo el año fuimos a su local en las proximidades del Mercado Central. Discutíamos, hacíamos lluvias de ideas, soñábamos juntas y finalmente nos concentramos en el trabajo de planificación de un seminario público. Teníamos todo tan bien analizado y había tanta

claridad para nosotras que pensábamos que iba a ser posible convencer al mundo intelectual limeño de que la mujer era un ser humano tan válido como el hombre. El seminario fue planificado con la participación del psiquiatra doctor Humberto Rotondo, el endocrinólogo doctor Luis Sobrevilla, el filósofo doctor Augusto Salazar Bondy, los sociólogos Rafael Roncagliolo y Luis Pásara, además de la participación de Violeta y mía. El seminario se realizó entre octubre y noviembre de 1972 en el Instituto Nacional de Cultura, con la entusiasta benevolencia de Martha Hildebrandt; duró quince días. El INC se llenaba de público en general durante los días de charlas y de mujeres en los talleres interdiarios.

Con la incorporación en nuestras filas de muchas mujeres, seguimos reuniéndonos en el INC durante 1973. En este tipo de reuniones planificamos nuestra famosa manifestación en contra de los concursos de belleza en el mes de abril. Llegamos a reunir a aproximadamente unas cien mujeres y con muchísimas pancartas, llenas de mensajes y protestas, un sábado en la noche nos paramos frente al Hotel Sheraton, local donde se realizaba el concurso. La coronación iba a ser televisada en vivo y en directo. Hubo un gran entusiasmo en nuestras filas y entre nosotras y el hotel desfilaban los carros que parecían tomar parte, por la curiosidad de sus pasajeros en leer nuestros mensajes. Exigimos al Ministerio de Educación parar el evento y tuvimos la respuesta positiva de Samuel Barreto Pérez, quien dirigía las comunicaciones del Ministerio, logrando impedir que se transmitiera el evento por televisión. Luego se dio la ley que prohibía la realización de concursos de belleza en el país.

Creemos que esta oportunidad de insertar la revaloración de la mujer en la Ley de Educación fue decisiva en el nivel oficial de entonces, porque el Plan Inca, el plan de gobierno de los militares que se dio a conocer el 28 de julio de 1974, incluyó un capítulo sobre la mujer con un diagnóstico, objetivos y acciones. El diagnóstico menciona, en varios puntos, los diferentes aspectos de la desigualdad entre hombre y mujer y la marginación de ella. El Objetivo era: “Efectiva igualdad con el hombre en derechos y obligaciones”. Las Acciones: propiciar la participación de la mujer, eliminar la discriminación, promover la educación mixta del hombre y la mujer y “garantizar que los bienes comunes no sean dispuestos por decisión unilateral del esposo”.

Luego vino la “Década de la Mujer” de la ONU en 1975 con el primer Congreso Internacional de la Mujer en México. El gobierno creó la Comisión Nacional de la Mujer Peruana –CONAMUP–, presidida por la primera dama, la señora Consuelo Gonzales Posada de Velasco. Nuestros grupos, en el Frente de Mujeres, recibieron muy fríamente a esta institución y el mismo día de su inauguración publicamos en los periódicos nuestra protesta por el giro que parecía tomar. La crítica, en primer lugar, se dirigía contra la misma presidencia y también contra la convocatoria dirigida a todas las organizaciones tradicionales de mujeres. Nosotras hubiéramos querido una institución que garantizara un verdadero cambio. Sin embargo, con el tiempo, nuestra gente fue integrándose y haciendo un trabajo importante.

Al Congreso de la ONU en México partió una delegación nacional bajo la presidencia de la señora Consuelo. No logro reconstruir la composición de la delegación, pero nuestra única luz fue la participación de Narda Henríquez. Luego entró como vicepresidenta de la CONAMUP Marita Cavassa de Valdés. Marita hizo un trabajo muy serio y en una buena dirección. Dora Beuzeville fue una colaboradora importante. De nuestras filas entró Hilda Araujo, quien puede dar fe de un trabajo intensivo en torno al proyecto de ley de igualdad para las mujeres, elaborado con una amplia participación de mujeres en la CONAMUP.

En el COAP –Comisión de Apoyo a la Presidencia–, el proyecto de ley ya había sido aprobado y estaba listo para su promulgación. Pero en eso entró el general Morales Bermúdez y el proyecto literalmente desapareció.

Fuera de la esfera oficial, los grupos siguieron trabajando, cada uno a su manera. Ana María Portugal se integró a ALIMUPER en 1973; Rosa Dominga Trapasso y Timotea Galvín formaron su centro Creación y cambio, un centro, que por su dinamismo y su línea abiertamente feminista, nos garantizó la continuación.

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