Pedantería y charlatanismo universitario, Pedro Zulen

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Pedro Zulen

“Ni son los que conocemos, ni son poetas, ni sabios, ni cosa que los valga; son unas cuantas docenas de pedantones, copleros, ridículos, literatos presumidos, críticos ignorantes, autores de tanta traducción galicada, tanto compedio superficial, tantos versecillos infelices que ni hemos inspirado ni hemos visto. Son de aquellos que de todo tratan y todo lo embrollan…”

Moratín, La derrota de los pedantes

Por Pedro Zulen

Una asfixiante atmósfera de exhibicionismo y superficialidad se viene expandiendo entre nosotros. El mal pulula allá en los claustros universitarios. Cada individuo se siente con la audacia suficiente para hablarnos de cosas que solo saben que existen por referencias de otros. Una docena de nombres pomposamente pronunciados; otras de citaciones de citas ajenas; un parafraseo en una que otra parte para que no se vaya a decir que del todo es una copia; una perogrullada a manera de conclusión; y leído el conjunto desde la tribuna de grado, si se trata de una tesis de bachiller o de doctor; desde el banco de clase, si se trata de alguna composición de curso; pero leído todo con desparpajo y entonación “para que produzca efectos”; he allí la cuestión. Puede ser que el tema no haya sido abordado de manera alguna, pero ha estado bien leído, ha arrancado aplausos a los compañeros, y el catedrático, contagiado sin duda del humor de los estudiantes, no ha podido hacer otra cosa que felicitar al joven “que tan brillantemente se inicia”.

El periódico dirá al día siguiente: “Ayer en la clase tal, el distinguido alumno don Fulano, leyó un notabilísimo trabajo sobre el tema cual. El señor Fulano, con una erudición asombrosa, un conocimiento admirable de la materia, un criterio hondo, y, sobre todo, una frase galana, disertó sobre un punto como éste tan discutido en todos los tiempos por grandes pensadores. Al terminar fue objeto de una verdadera salva de atronadores aplausos”.

Nuestro héroe se ha batido con felicidad. Se le ha consagrado. Triunfo y gloria; honra para la familia. ¿Qué más? Y la receta es muy barata; está al alcance de todos. Libros para el objeto, abundan. Ante un tema de Sociología o de Derecho, basta tomar los de Posada o los de Squillace, –si mastica el italiano–, excelentes catálogos de autores y de citas. Para un punto de Psicología, Guido Villa y algún libro de Ribot. Para un trabajo de Metafísica, la Historia de la Filosofía de Janet y Seailles; para otro de Moral, Fouillée, Scotti u Orestano. Para Filosofía contemporánea basta con Chiapelli. Pero siempre bajo la pauta del Diccionario Enciclopé dico de Montaner y Simón, sobre todo para los que apenas pueden balbucear en modesto castellano.

Por eso tenemos a cada paso, por ejemplo, estudios sobre el pragmatismo de James, sin haber leído si quiera el libro del filósofo americano; conocemos a Post por unas cuantas páginas de un librito de Petrone; hablamos de las ideas de Cunow sobre el Perú antiguo, nada más que por un mero análisis de “L’Anée Sociologique”. Para hacer una tesis sobre Bergson, el filósofo de moda, ¿qué necesidad de tomarse el trabajo de leer esos libros un poco abstrusos y que dan dolor de cabeza, como “Materia y Memoria” y “La Evolución Creadora”? Basta con tomar los libritos de Guillouin o de Le Roy. Para doctorarme en Derecho y recibirme de abogado, con mejorar el estilo de una de esas tesis argentinas que hay a montones en la Biblioteca de la Universidad, es suficiente.

 Y esta erudición a la violeta, esta petulancia sin límites, esta pedantería que ahoga, nos invade por todos lados. Así, hemos visto entre nosotros cuántos han creído haber ya resuelto el problema de la navegación aérea por la teoría del más pesado, con solo un poco de ingenio en el manejo del lápiz. Otros, en cada huaco creían ver nuevos dioses indígenas, y el prurito del descubrimiento descorría el velo antes impenetrable de las mitologías autóctonas. Se permiten escribir sobre escritura antes de la llegada de los españoles a nuestro país, sin conocer siquiera el pequeño manual de Clodd relativo a la historia del alfabeto. Por fin, un verso robado consciente o inconscientemente a Juan Ramón Jiménez o a Francisco Villaespesa, rimado “rubendaríamente” con “pantallas autunales” o “rumores aurorales”, y se tiene un poeta, una reputación en forma.

¿Adónde vamos?¿Por qué los verdaderos hombres de estudio, pocos es verdad, que hay en el país, no descubren ante el público grueso –que no tiene ni la cultura ni el tiempo para estudiar– a tales farsantes del saber? Como preguntaba Moratín: “¿Por qué los que debían escribir callan, cuando los que aún no saben leer escriben? ¿Qué tan grande será la tiranía de la ignorancia, tan común será ya la superficialidad y el pedantismo, que no se atrevan, los que lloran en silencio esta general corrupción, a declamar altamente contra ella?”.

Toca a la Universidad reaccionar contra esos métodos que no pocos profesores estimulan con su enseñanza. Para honra de San Marcos, la campaña la comenzó hace ya algunos años uno de los catedráticos más prestigiosos entre la juventud, en un discurso memorable, pronunciando el día de apertura del año académico de 1900 (publicado en el tomo 28 de los Anales Universitarios), discurso que todos los jóvenes deben leer; campaña que él mantiene viva todavía, con el carácter que sabe imprimir a su curso, que dicta con la madurez, la profundidad, la precisión y claridad impecables que solo el hombre que estudia realmente puede alcanzar; que hace pensar al alumno, que le enseña efectivamente, y no le llena su cerebro de fraseología y vaguedades.

“Es sorprendente la abundancia de personas que sienten aquí con vocación para escribir bien o mal en prosa o verso, –decía el distinguido catedrático. Tenemos al país convertido en centro literario, patria de intelectuales y semillero de burócratas. Nos hallamos poseídos de la enfermedad de hablar y de escribir y no de obrar, de “agitar palabras y no cosas”, dolencia lamentable que constituye un signo de laxitud y de flaqueza. Vivimos en un régimen de fervor por la instrucción decorativa; preferimos la educación que adorna a la que aprovecha; la que da brillo a los espíritus cultos y no la que forma inteligencias útiles; la que sirve para distraer el ocio de los ricos y no la que enseña a trabajar al pobre. Es motivo de justificada pena que aquí, donde estamos tan faltos de hombres laboriosos y positivos, haya tomado cuerpo un gusto propio de gente imaginativa y desocupada, y se haga una labor estéril que perturba la vida nacional.”

El maestro que tan valientemente hablo tuvo razón. Precisa revivir el espíritu de los jóvenes su frase cálida. Aquí creemos que la cosa más corriente es ser un intelectual y un erudito. Como si la erudición fuera algo artificial, fabricado en un momento dado, se le confunde con esa indigestión de lecturas, esa citomanía sencillamente ridícula de autores que no se han leído nunca ni se leerán seguramente jamás. La erudición es cosa muy distinta y hasta opuesta a ese enjambre de charlatanismo. Se puede ser erudito solo por el estudio continuado de los libros, con dilección y desinterés, sin buscar fin o utilidad inmediata, de manera que insensiblemente se va acumulando un caudal de ilustración que puede llegar la oportunidad de aprovecharse más tarde, pero después de haber formado el criterio propio. Por eso, el erudito es un verdadero bibliógrafo y hasta un filó- logo, porque debe saber muchas lenguas: latín y griego, inglés, francés, alemán e italiano, por lo menos. Por eso, en todas partes, los eruditos son pocos; aquí pasa lo contrario: todos los son. Solamente aquí puede llamarse intelectuales a individuos sin cultura alguna, aparentando un estudio que no se ha tenido el tiempo de hacer, pero que conocen admirablemente el arte del reclamo.

Hay que destruir esa educación de oropel; ese barniz de cultura que no se posee efectivamente. Hay que hacer hombres y no farsantes: limpiemos el camino de los segundos para dejar paso a los primeros.

*Publicado en La Crónica, Lima, 16 de octubre de 1914

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