El Humanismo Americano, Edgar Montiel

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Edgar Montiel

El Humanismo Americano: Filosofía de una comunidad de Naciones»
Por el Dr. Edgar Montiel

¿Qué hubiera pasado si Fray Bartolomé de Las Casas perdía, en 1551, la crucial polémica sobre la condición humana o no del hombre originario de América, frente al doctor Ginés de Sepúlveda? Probablemente el curso de la historia habría tomado otro cauce y, con certeza, las ideas humanistas se habrían retrasado en su evolución. ¿Por cuánto tiempo nos habríamos quedado en América orillados a la condición de homúnculos, sometidos a servidumbre, como pretendía el Dr. Sepúlveda? La posibilidad no era remota, pues se buscaba precisamente legitimar las guerras de conquista y sometimiento contra los “indios idólatras” para volverlos esclavos, declararlos desprovistos de razón e incapaces de administrar sus bienes.

No era sencillo para las Casas vencer en esta difícil controversia. Querella jurídica (teológica con fondo económico) de la mayor trascendencia, porque se trataba nada menos que de reconocer o no la condición humana de esos seres que poblaban el inmenso territorio del Nuevo Mundo. Se sabe que a la tesis aristotélica de Sepúlveda sobre “la servidumbre natural” de los pueblos bárbaros, Las  Casas opuso la tesis de San Agustín sobre el “el libre albedrío” de los hombres, aunque vivan en estado de rudeza.

¿Cuál es la estrategia del fraile para ganar la polémica? Además de una sólida capacidad argumental, logró interesar lo mejor de la conciencia de España -gracias a la sensibilidad creada por la escuela jurídica de Francisco de Vitoria-, poniendo así a prueba la veracidad de la preceptiva cristiana que enarbolaba la Corona. Ya en 1542 Las Casas había presentado a Carlos V la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que no era una obra histórica sino un resumido informe sobre las calamidades humanas y ecológicas ocasionadas por la Conquista, logrando que el Rey suprimiese (momentáneamente) el sistema cruel de las encomiendas. Opúsculo ampliamente difundido, que dio el grito de alarma dentro y fuera de España sobre lo que ocurría en América.

Las mentes esclarecidas del Renacimiento estañaban pendientes de los resultados de este debate, que resultaba clave para poder avanzar hacia una nueva definición del hombre. Con genio y agudeza, Las Casas pudo demostrar que estos seres eran cabalmente Hombres, “dotados de razón y capacidad para administrar bienes”, y por tanto debían ser considerados súbditos de la Corona, a quienes había que proteger y “cristianizar con suavidad”.

Con Las Casas prospera la posición que apostaba el porvenir, a un destino mejor para la condición humana toda. Este avance cualitativo resultaba de extrema importancia para hacer posible la convivencia fraterna y digna entre todos los hombres, sin importar orígenes: iguales entre sí, aunque distintos en sus orígenes y culturas. Este es el humanismo que surge en el siglo XVI, el mayor logro de la modernidad, que tuvo en el hombre de América la prueba de cargo decisiva para que admitiera la alteridad, la diversidad, como algo inherente a la comunidad humana. Este mismo principio sirvió para luchar también contra la esclavitud de los negros. De este modo, América se encuentra en los orígenes del humanismo moderno, primero como víctima y objeto de interrogación y después como vocación, tradición y destino. Nacimos como (buena) respuesta a una radical interpelación filosófica, política y jurídica que pretendía dominarnos. ¿Vino América al mundo con una misión filosófica y su destino depende de las justas respuestas que dé? No hay que olvidar jamás el antecedente.

La controversia de Valladolid estuvo preñada de futuro, madre legitima de un Derecho que se gestó durante un largo y doloroso proceso, que pasó por un siglo XVIII marcado por los logros de la Revolución Francesa, para dar a luz recién en 1948, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, consagrada urbi et orbi por la Naciones Unidas hace solo cincuenta y dos años, la cual proclamo en su primer artículo, en términos perfectamente lascasianos, que:

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Como herederos de esta historia, para Iberoamérica constituye un compromiso con los nuevos tiempos haber participado en la gestación de los Derechos Humanos, en las leyes magnas destinadas a defender la libertad del Hombre y la potestad de la persona. Esta predestinación venida del pasado conlleva hoy en día una responsabilidad y un deber: proseguir la obra nunca acabada de emancipación humana, pues en materia de libertades y derechos la batalla nunca esta definitivamente ganada, más aun si hay nuevas libertades y derechos a conquistar en lo económico, social, cultural y político, como el Derecho a la Paz, reclamado por la Unesco.

[. . . ]

El humanismo debe poner al hombre concreto al centro de todas las preocupaciones, sea en el plano de la economía, la política o la ciencia. En el caso de América, no hemos hecho , por suerte, de esta práctica social una ideología complaciente, que haya producido un antropocentrismo laudatorio del hombre y de su capacidad transformadora, que pudiera servir para justificar la destrucción de la naturaleza, como si se tratara de un recurso eterno.

La actitud básica de la mayoría de los americanos, del ethos colectivo, es semejante a la de los antiguos orientales: se practica un naturalismo que nos hace olvidar que el hombre forma parte de la naturaleza y que, por tanto, hay que tratar siempre de  vivir en armonía con y en ella.  Se respeta –y a veces se temen- las manifestaciones de la naturaleza (un terremoto, un huracán, una sequía). Miremos los efectos cataclísmicos del huracán Mitch en Centroamérica. La relación Hombre/Naturaleza no se ha fracturado  totalmente en la mayoría de los hombres americanos. Es una relación que hay que defender frente al despilfarro de los recursos naturales, la tala indiscriminada de bosques, la contaminación del agua, la extinción para siempre de especies animales y vegetales y el empobrecimiento de una dieta balanceada. Hay que recordar al hombre su pertenencia a la naturaleza, su condición natural, con frecuencia más destructiva que el resto de las especies.

En esta época de severas transformaciones del orden natural y del organismo humano, que logra la biotecnología, es importante acentuar la reflexión sobre la unicidad del Hombre, analizar los avances científico-técnicos que modifican su integridad como persona humana. Desde este punto de vista la Declaración Universal sobre el Genoma humano y los Derechos del Hombre, aprobada por la conferencia General de la UNESCO en 1997, constituye la nueva carta jurídica de los derechos humanos para entrar en el nuevo siglo. El siglo de libertad.

La vocación humanista, ecuménica y universalista de América se puede definir con una máxima luminosa de José Martí, que vale la pena tener presente al entrar en el nuevo milenio: “Patria es humanidad”.

*Prólogo al libro que lleva este mismo título, Lima: FCE, 2000.

 

Edgar Montiel

Economista y filósofo, ensayista, funcionario internacional. Inició sus estudios en la Universidad Mayor de San Marcos de Lima, donde obtuvo en 1973 el Primer Premio Ensayo en los Juegos Florales con el trabajo Mariátegui y la Reforma Universitaria. En esa época frecuentaba, ex-Cátedra, a los maestros Augusto Salazar Bondy, Francisco Miró Quesada, Gustavo Gutiérrez y Juan José Vega.

Diplomado de Estudios Avanzados en Filosofía Política y en Sociología, y Doctor en Desarrollo Económico y Social por la Universidad de Paris I, Pantheon-Sorbonne (1974-1982). Ha sido discípulo de los profesores Fernando Henrique Cardoso, Alain Touraine, Serge Latouche, Etienne Balibar, Louis Sala Molins, con quienes mantiene relaciones de colaboración hasta hoy.

Funcionario de la UNESCO desde 1993. Fue, entre otras responsabilidades,  Consejero de la UNESCO para los países del MERCOSUR y Representante en el Paraguay (1998-2001). Es el actual Jefe de la Sección Cultura y Desarrollo, de la UNESCO, Paris.

Ha sido profesor de la Academia Diplomática del Perú, de la Universidad Nacional Autónoma de México (asistente del Maestro Leopoldo Zea), Profesor Honorario de la Universidad Ricardo Palma, Profesor Invitado del Institut d’études politiques de Paris y co-fundador de la Red Internacional de Investigación sobre la Mundialización  (GERM, Francia)

Desde sus inicios como Investigador y ensayista publica, desde 1981,  en prestigiosas revistas iberoamericanas  (Cuadernos Americanos y Cuadernos Hispanoamericanos)   temas como: la juventud en Latinoamérica; la  identidad en el Inca Garcilaso de la Vega; la poesía de-nuestro orgullo- César Vallejo;  diversidad cultural ; entre otros.

También ha publicado  los libros: “ El humanismo americano. Filosofía de una comunidad de naciones (FCE, 2000)”; “El nuevo orden simbólico. La cultura en la era de la globalización. (SECIB, Madrid 2002)”; y ha dirigido los volúmenes “Pensar la mundialización desde el Sur (UNESCO, MERCOSUR 2002)” y “Hacia una mundialización humanista (UNESCO, Paris 2003)”. El FCE viene de publicar “Gobernar es saber. Formar hombres y mujeres de Estado para la nación (2005)” y “El poder de la cultura. Recursos estratégicos del desarrollo durable y la gobernanza democrática (2010)”.

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