Una meditación en el 97º aniversario de la independencia nacional, Pedro Zulen

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Pedro Zulen

Por Pedro Zulen

¿Qué es el Perú? ¿Será Lima con sus callejones y su jirón de la Unión con sus avenidas y sus balnearios? ¿Será Arequipa, será Trujillo? ¿Estará en los inmensos latifundios costaneros de algodón y caña? ¿Será ese agrupamiento de pueblecitos miserables de nuestros valles serranos?…

Así nos preguntábamos hace algunos años, tratando de hallar ese sedimento que debe acumularse a través de todos los cambios de un pueblo y que todo ciudadano debe conocer. Y, abriendo las páginas de nuestra historia, atisbando por todas las esferas de la actividad nacional, no pudimos encontrar nada que nos satisfaciera con la misma intensidad con que buscábamos. Aparecían hechos aislados, pero la nacionalidad estaba por hacer. Años de inquietudes y preocupaciones los de entonces acá. Aunque anhelos intelectuales nos convidaban a retraernos en el solaz de un gabinete de estudio, lejos del contacto de las cosas públicas, esto tuvo que ser imposible en una atmósfera corroída por los hedores de un mar de fango en el que los hombres se retorcían unos sobre otros disputándose una presa. La época –que sigue durando y durará aún– era como para descorazonar al más firme. Nadie había sentido repugnancia al mancharse con el limo de nuestras miserias morales. Solo un hombre ya anciano se había conservado fuera. Todavía nos parece verle la mirada de sus últimos años, serena y al mismo tiempo triste y pensativa, como quien medita en el pasado. En vano llenó de acciones y enseñanzas la mitad de nuestra vida republicana. En vano luchó tantos años contra la plutocracia civilista. En vano mostro sabios dotes de gobernante. En vano fundó un partido…. ¿en vano? No, no fue en vano. Todo eso sirvió para dejar una lección objetiva a su pueblo, porque el hombre público que da un ejemplo aunque no haya triunfado, ha puesto un jalón en la patria del porvenir. Aquel que supo mantenerse altivo y digno hasta su muerte, enseñó a ser ciudadano, que a pesar de sus yerros fue un tipo de luchador, y de patriota, dejo con su existencia un elemento vivo de la conciencia nacional. Porque los pueblos forjan sus espíritus en el alma de sus grandes hombres. Y así como no es grande la Francia que condena a Dreyfus, sino la que venera a Zola; así como por sobre la España de [Francisco] Pi y Margall, Joaquín Costa y Alfredo Calderón; más tarde, cuando reaccionemos contra este rebajamiento general, cuando terminemos esta época desastrosa, cuando despertemos a la luz de la libertad y la moral, a este Perú de alquilones y abyectos se opondrá el Perú de Piérola como un símbolo de la altivez y la dignidad ciudadanas.

Época de inferioridad, las ideas dominantes giraban alrededor de la creencia en que las fuentes del progreso, el bienestar, no están dentro ni se conquistan por el propio esfuerzo. Por eso se clamaba por inmigración, repitiéndose hasta la saciedad –y como muchas de escuela, sin haber investigado su sentido– aquella frase de Alberdi: gobernar es poblar; mientras nuestros irreemplazables indios –elemento único de población nacional con que contamos– eran expoliados, asesinados y perseguidos como criminales por defender o reclamar lo suyo. ¡Y cuánto daño no ha hecho aquel aforismo de que con la apertura del Canal de Panamá la riqueza se vendría a torrentes al Perú!

Y no es que no hubiera hombres capaces de darse cuenta de las cosas, capaces de mirar más allá de ese conformismo burocrático que hace decir lo que no se piensa y sostener lo que no se cree. Les faltó la conciencia de la dignidad y la altivez, la integridad de los caracteres. No tuvieron ese ímpetu que encamina a la realización de las cosas supremas y grandes, hasta la heroicidad y el sacrificio. Carecieron de voluntad, de vigor de sentimiento, esa voluntad y ese sentimiento que llevan a la acción y que conducen a las transformaciones de la Historia. Eran de los hombres que no pasan de la frase hecha, como diría Alfredo Calderón. La nota culminante la dio ¡oh dolor! aquel maestro que puso en frase candente, límpida y marmórea nuestras faltas y nuestros vicios, para cremar después sus execraciones con el fuego de sus propios actos al pasar el umbral de la calle de Estudios, allí donde se levanta el eterno ejemplo para todas nuestras generaciones presentes y futuras, de la pureza, la honradez, el convencimiento, la sinceridad, la sencillez de un Vigil; de aquella vida hermoseada por esa unidad entre lo que se hace y lo que se siente, se piensa y se dice, que es el distintivo de los hombres superiores.

Por mucho tiempo todavía seguiremos así. Vendrá la fecha del Centenario de la Independencia y veréis a los oligarcas y opresores, a los explotadores y arribistas, presidir los festejos a la Libertad mientras una raza –que quizás espera la santa redención social de un nuevo Méjico– gime a sus pies entre cadenas.

Un movimiento que partiera de las provincias –llámase mejor revolución– fuera de toda conexión con los partidos políticos existentes, que persiguiera como objetivo inmediato, por un lado, garantías y restitución de sus propiedades a los indígenas, y, por otro lado, la autonomía local y la erección y el fomento del espíritu municipal, únicos medios de combatir el centralismo y hacer efectiva la democracia: un movimiento de esta naturaleza podría determinar un cambio en la faz del país. Mas, ¿habrá nervio guerrero y levantisco bajo la depresión que nos consume? ¿Nos hallaremos con fuerzas suficientes para arrostrar una revolución tan magna como la de la patria de Juárez? Quién sabe. La analogía entre el estado social del Méjico de Porfirio Díaz y el estado social nuestro, deben permitir vislumbrar algo… Quizás solo falte el agitador, el caudillo. Verdad que el movimiento anticentralista está latente no sólo en el Sur sino en todas las provincias de la República, pero es sensible que a muchos de sus sostenedores se les vea adormecidos por perspectivas burocráticas; unos cuantos mendrugos de los desperdicios de festines de degeneración y vergüenza, que les arrojan desde la Capital.

Si no se produjera este movimiento de las provincias, para el cual hay que comenzar por una vuelta de todas las individualidades al cultivo de virtudes ciudadanas, hoy abandonadas, sólo una guerra nacional podrá sacarnos del envilecimiento en que vivimos. Las naciones que no pueden hallar dentro de sí mismas las fuerzas para regenerarse, que no son capaces de salir de esa paz que es muerte porque han muerto todas las aspiraciones ideales, han menester una fuerza exterior que las mueva y conmocione profundamente, tienen necesidad de la guerra; no les queda más esperanza que la de ese cataclismo necesario, fuente de renovaciones inesperadas. La guerra si es una calamidad material, tiene también la virtud de ser creadora de valores. Con ella surgirían caracteres y cerebros que hoy no se manifiestan y se abrirían nuevos horizontes de vitalidad. Probablemente no nos traería más que la derrota, pero podría ser el principio de un nuevo resurgimiento, de un vigoroso despertar de la conciencia pública, suficientes para purificar el ambiente.

 ¡La guerra! ¡Saludad a la salvadora! Si no queréis que la derrota sea terrible, preparaos; pero sabed que no son los armamentos los que hacen la eficiencia de los ejércitos, sino el espíritu, y que este espíritu se hace con hombres que saben lo que es justicia y lo que es derecho, porque los tienen, y que saben que van a defender la dignidad de la Patria y no los intereses de las oligarquías reinantes. Mañana cuando se produzca el conflicto, tendréis fatalmente que recurrir al indio. Pero ¿qué defenderá éste? ¿Su hogar? Si se lo habéis destruido. ¿Su tierra? Si se la habéis arrebatado. ¿Su libertad? Si lo tenéis aherrojado en las cárceles… ¡Ah! La guerra evidenciaría entonces que el defensor de nuestra soberanía y nuestra honra, el guardián de la nacionalidad, es ese paria a quien se roba y se mata diariamente, y que está en nuestras conveniencias conservarle y educarle comenzando por hacerle justicia.

No creemos que la clase dirigente del Perú iría nunca a un conflicto armado; antes cedería todo, como cedió hace poco 188, 000 kilómetros cuadrados de nuestras fronteras a dos países limítrofes. De allí que deberemos considerarnos felices si fuésemos obligados a ir a la guerra. Hemos escrito estas líneas en un momento de meditación ante los males de nuestra patria y con el recuerdo de unos pocos compañeros en los goces del batallar por la verdad y la justicia. Una implacable dolencia física nos mantiene alejados. Cualquiera que sea nuestro destino, templaremos siempre nuestras fuerzas morales. ¡Bendita la adversidad que pone a prueba las energías, selecciona las almas y determina los valores humanos!

  • Publicado en Balnearios, Lima, 28 de julio de 1918.

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