Miguelina – Dora Mayer*

Bastaba el nombre de pila, para designar a Miguelina Acosta Cárdenas. Era como si no hubiese habido más Miguelina que ella. Sonaba eso nombre con frecuencia entre gentes de toda condición social. También la llamaban ‘La Doctora’ como si hubiese sido la única graduada en la Universidad Mayor de San Marcos.

MAC 26-01-1920Parece mentira que Miguelina no exista ya. Apenas una semana de enfermedad fulminante y la muerte. El lunes 23 de octubre la trajeron a la Clínica Anglo-Americana de Bellavista; el 23 aniversario de su nacimiento. Vi en el parque de esta villa una gran hoja de bambú caída, como una palma, y al pasar y repasar por ahí se me anunciaba un descenlace fatal.  Sopló un viento inusitado, la noche del velorio y la mañana del sepelio amaneció con melancólica llovizna. No fué un elemento insignificante aquel que se había esfumado de la tierra; fué una personalidad que chocó centra la quietud en el plano invisible próximo a la vida conocida.

Creo que el grado de cariño que infunde una persona dá la medida del valor de ella. Al tañir de la campana fúnebre por Miguelina se manifestaron muchas simpatías actuales y despertaron muchas simpatías pasadas.

Miguelina, hija de un patriarca de nuestro lejano Oriente, tenía en su ser algo de una fronda protectora. Y la lloran quienes sentirán en adelante el vacío de su ausencia. En mí un creciente antagonismo de principios respecto a ella no ha podido borrar el cariño arraigado en una amistad de veintiún años.

Los años de 1915 a 19 marcan el apogeo de nuestra amistad. Me hallaba a gusto en un círculo de estudiantes bien dotados; puede decirse, en una mesa redonda en que corrían conversaciones sugestivas en la intimidad de un hogar hospitalario. Los cursos de la Facultad de Letras son sin duda los más provechosos para la cultura de los jóvenes y los más propicios para el florecimiento de ideales. La Facultad de Jurisprudencia acerca al practicismo de la edad madura, de forma en su lente las líneas de tempranas ilusiones y despide a los alumnos de su época moral mejor. Vino más tarde la dispersión de los miembros de aquel interesante grupo y entraron factores de un cambio…. Al hablar a Miguelina de una transformación que me apenaba, ella contestó “me dejo llevar por el viento como una hoja”. Y he ahí la confesión de una peculiaridad determinante de procedimientos que yo he conceptuado infelices. Miguelina carecía de hondas convicciones y de propósitos fijos; su genio era en realidad explorador y no perito, y desde luego ella no servía para la misión gigante que su ingenita obsesión imperativa hizo que se arrogara. Mala fisonomista, no distinguía amigos de enemigos; desprovista de previsión trabajó muchas veces en vano o en perjuicio suyo y de los demás. Una buena estrella que la acompañaba la libró en repetidas ocasiones de graves conflictos que podría haberse creado. Su optimismo, a dicho respecto casi nunca fué desmentido; a Miguelina no le tocó la suerte grande de la lotería monetaria, sino la suerte chica de salvar airosa de múltiples percances. Hasta el último, habiéndosele declarado una seria enfermedad crónica, hace más o menos un año, ha continuado en actividad a pesar de su dolencia, y un destino piadoso ha cortado pronto el ataque final, que habría podido degenerar en un largo martirio.

Mujer loretana, de alma selvática, indomada, audaz, quería vivir sin limitaciones; quería tomar a semejanza de los ríos tropicales no ceñidos a un lecho perdurable, cualquier camino que a su capricho plaguiese. Ímpetus elementales, visiones polícromas de los misterios del monte, la aturdan todavía en medio de las calles de Lima. Ninguna reflexión enfocaba el prospecto general; sus gallardías fascinaban a determinadas multitudes, pero no alcanzaban para forjar una obra sólida. Tuvo ella su lugar como demoledora pero no como constructora. Nadie la igualaba en iniciativa, en valentía de acometer, pero en las soluciones fallaba. Hasta su vida ha quedado casi a la mitad.

Mas ¿qué podría haber conquistado aún con su lucha, que era una lucha por inquietud de espíritu sin mayor objeto? Desilusionada desde hace tiempo con el ambiente en el campo social-político, debiera haber suscrito la frase que estampa Eutiquio Aragonés en su periódico ‘Alrededor de América’: ‘En la época presente, resulta inmoralidad o estolidez, carencia de sentido lógico, intentar convertir en realidad lo que como doctrina científica no ha madurado todavía en el alma de los hombres’. (México, setiembre, 1933).

‘Falta el material humano, para trocar en realidad las promesas de los teoristas sociales’, esto lo descubrió Plutarco Elías Calles, el libertador mexicano, y lo sabía también Miguelina.

No sé cuándo, y ciertamente antes de que yo me diera cuenta de ello, mi amiga se había internado muy adentro en la política. Y es la política un infierno a cuya puerta de acceso debiera hallarse el letrero del Dante: “Dejad toda esperanza vos que aquí entráis’. Los ángeles huyen del lado de quien a esa región se atreve; espectáculos groseros envenenan el espíritu del que avanza por la senda pavorosa; difícil es voltear la vista para coger un rayo de la luz severa de los días impolutos fuera del recinto. Luchar donde los sanos entusiasmos han muerto y las tropas rugen torturadas por pasiones invencidas. ¡oh triste tarea!

El 26 de octubre, día del entierro yacía en el canto del sardinel, sacada del jardín, la hoja de bambú, simulando un afán abandonado, una energía desvanecida. Allá en el Panteón se iría apagando el fuego de los claveles rojos que ofrendó a la difunta una resuelta mujer roja. Más allá, en el plano ¡astral, recuperará Miguelina su figura lozana, y cerca de sus oídos se cruzarán dos ecos: el de la pregunta de Bolívar: ‘¿qué me falta para un éxito completo?’, y el de la respuesta del ayudante: ‘le falta juicio, mi general’.

Bellavista, octubre 1933.

 

* Publicado el 07 de noviembre de 1933 en el diario El Callao.

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