Angélica en la cima

Por: Dora Mayer de Zulen

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¡Privilegiados los seres que mueren en un momento culminante de su vida! Ebria de las glorias de su padre muere Angélica Palma en la República Argentina. El vaso fue frágil para contener las emociones que brindara Buenos Aires a su huésped de honor. El espíritu de la hija dilecta del gran tradicionista se sintió en la cima, y lejos de bajar, quiso ascender a las regiones aéreas.

Ricardo Palma era el principio y el fin de la existencia de Angélica; alrededor del ilustre progenitor se desarrolló toda la actividad sentimental y mental de esa mujer tan conocida en países hispanos. Primero la sombra del padre hizo florecer el talento de la hija; después la sombra de la hija amparó las energías menguantes del anciano que terminaba sus ensueños en el arcádico recinto de Miraflores.

La feminidad atrayente de Angélica Palma hace olvidar las objeciones que provoca a veces un feminismo que saca a la mujer de su esfera verdadera; en el caso de Angélica la mujer no se sale de su radio, sino que lo ensancha y embellece con una cultura superior.

La última vez que vi a la extinta fue en el homenaje de despedida que ofreció el Consejo Nacional de Mujeres del Perú a Concha Espina, la Embajadora de España enviada con oportunidad de la celebración del Cuarto Centenario de la Fundación de Lima. Gentil como siempre, cumplió allí sus deberes sociales y pronunció un discurso lleno de esa rica amalgama hispanoamericana que se encarnara brillantemente en su estirpe. Las suaves manos que anudaban en tales fiestas más firme el lazo entre el Perú y Castilla, reajustaron en seguida el precioso lazo peruano-argentino, y entonces descansaron, cruzadas sobre el pecho de la pálida estatua que miraba hacia el cielo.

Los griegos tenían la costumbre de colocar entre las estrellas a los ciudadanos de su país que morían dejando tras de sí una leyenda de hechos memorables. Allí en la bóveda que se extiende sobre el universo, quedaban los nombres gloriosos inscritos en las constelaciones de un modo mejor que en el más alto de los monumentos. Lima tiene en su escudo las tres coronas de los reyes magos, y podría agregarles las tres estrellas de la mujer limeña: Juana Alarco de Dammert, la Madre; María Laos de Miró Quesada, la Esposa; Angélica Palma, la Hija.

Negros crespones flotan sobre Lima en este año 1935, pero el viento juega con ellos como con las nubes y rasga sus velos, descubriendo las aureolas que ocultan. Las penas pasan, las satisfacciones morales perduran. ¡Ay del romántico hogar de Miraflores del cual partieron tres hermanas para no regresar en número completo! ¡Ay del momento de atravesar aquel umbral y sentir el trágico vacío que reinará en medio de los libros y los cojines que parecerán hablar de una dueña desaparecida! Mi alma penetra en el dolor de los deudos. Sin embargo, nada hay más grande en la Tierra que el dolor. Nada se ama tanto como los bienes perdidos. Y el amor y las lágrimas son Sol y lluvia, los creadores eternos de nuevas primaveras después de tristes inviernos.

Bellavista, setiembre 11 de 1938

Dora Mayer de Zulen

 

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