José Sabogal, el pintor que pensó al Perú

Por Carlos Reyes Álvarez, UNMSM, miembro del Grupo Pedro Zulen.

José Sabogal, hijo del valle de Cajabamba, en Cajamarca, es uno de los pintores que ha peruanizado nuestro Perú, a decir de José Carlos Mariátegui. El Amauta lo llamó “El primer pintor peruano” y José María Arguedas creyó que con su arte había disminuido la distancia entre Lima y las provincias.

Hablar de él es hablar del Perú, definitivamente. Retrató por primera vez a nuestra población nativa al lado de nuestros bellos paisajes, algo que nada extraño debería tener; no obstante, a inicios del siglo XX, este tipo de caracterizaciones en la pintura y en el arte eran inexistentes y mal vistos porque predominaba la visión del mundo de las clases sociales gobernantes, criollas, hispanistas; podemos decir que Sabogal rompió radicalmente con los cánones preponderantes.

Reivindicando al poblador nativo y al paisaje circundante en el arte, ingresó a este amplio movimiento artístico, cultural y político llamado indigenismo – si es que acaso no es él uno de sus fundadores – que no solo caracterizó al indígena como un tema de moda o cliché – o como un ejercicio estético a secas – sino que fue hacia asuntos de fondo: cuestionó las estructuras del poder. El poblador originario permanecía, a 100 años de vida republicana, como un no-ciudadano; siervo al interior de las haciendas. El indigenismo, movimiento de ciudad, de mestizos, de intelectuales y artistas, de alguna u otra forma, promovió la integración del poblador indígena a la nación.

El indigenismo en el Perú se articuló muy bien al vanguardismo de origen europeo. El vanguardismo, corriente artística y cultural, cuestionaba el poder de las burguesías en Europa por haber sido las responsables de haber llevado al mundo a la mayor catástrofe de su historia: la primera guerra mundial. En ese sentido, rompieron también con cánones culturales y políticos establecidos. El indigenismo, articulado al vanguardismo – un “vanguardismo aclimatado” – empataron perfectamente y brotaron juntas como un movimiento sin precedentes en nuestro país.

El indigenismo había resultado valedero para su época pero después decantó en una propuesta algo monocultural, lo que obligó a Sabogal a ampliar su forma de pensar. Primero a través de su pintura indigenista y después con la inclusión de temas mestizos, criollos, paisajes de la sierra, costa y selva, en su arte, pensó al Perú, no como una unidad cultural y regional, sino como una pluralidad de naciones y regiones en una; como un país diverso natural y culturalmente; como un país «de todas las sangres» como diría Arguedas. Esta es el papel histórico que jugó José Sabogal en nuestro país.

Cajamarca, 28 de diciembre de 2020.

Imagen de portada tomada de:https://elcamino.pe/read/index/id/100-anos-del-Indigenismo-en-la-literatura-peruana

Cajamarca en el siglo XVIII: esclavitud africana detrás de una historia romántica.

Por Carlos Reyes Álvarez, UNMSM, Grupo Zulen.

Este artículo narra algunos episodios históricos, relativos a la mano de obra en condición de esclavitud y semiesclavitud, utilizada en las minas de Hualgayoc y en otras actividades económicas a fines del siglo XVIII en Cajamarca. Para este fin, tomamos como pretexto un pasaje del ensayo biográfico, Sor Mercedes Espinach, vidente y profetisa de Amalia Puga de Losada, escrito en 1933, en el que nombra a Miguel Espinach, español, tío abuelo de Sor Mercedes, acaudalado militar, terrateniente y minero que quiso entregarle su fortuna a su sobrina nieta a cambio de que desista de entrar al monjío. Esta, con la mayor delicadeza, lo rechazó.

Es una historia romántica; Amalia describe el desborde emocional de estos dos personajes: por un lado, Sor Mercedes está convencidísima de entregarle toda su vida a la religión, desechando una ingente riqueza familiar. Por otro, Miguel Espinach, a pesar de toda la fortuna que administra, lo único que desea es que su sobrina nieta no ingrese al monjío y, como cualquier muchacha, se case y herede todos sus bienes, pero a pesar de los mil ruegos, no lo logra (al no poder hacerlo, trae desde España a otro sobrino para que herede: Pablo Espinach, quien a su vez trae a su sobrino Lorenzo Iglesias Espinach, padre del héroe Miguel Iglesias).

No obstante, detrás de esta historia romántica, la poetisa menciona a esclavos como parte de la fortuna del español catalán.

En el imaginario colectivo cajamarquino, siento que no es muy común hablar de nuestro pasado colonial, se sabe que llegaron aquí muchos españoles que vencieron al último inca pero no se habla de la convivencia de los siglos XVI, XVII y XVIII, algo que Villanueva Urteaga llama años de la fusión indo-española y yo llamo de la convivencia, muchas veces conflictiva entre los distintos habitantes de nuestra ciudad.

Antes, quisiera precisar que no creo en la existencia de razas ni de castas, sostengo que fue un invento español para clasificar y someter a la población en torno a sus intereses económicos (siguiendo a Quijano), por lo que este artículo solo menciona a las razas o castas por referencia epocal.

Cajamarca en el siglo XVI y XVII

Cajamarca es una ciudad ubicada a 2750 msnm en la cordillera occidental de los Andes en el Perú. Forma parte de un conjunto de valles interandinos con climas templados, secos, lluviosos en verano, agrícolas, ganaderos y con alta concentración de población.

En época incaica, Cajamarca era un “huamaní” o cabecera de provincia, perteneciente al Tahuantinsuyo. Fue elegida así por su clima agradable, suelo fértil y ubicación estratégica: aquí se daba el paso y encuentro entre pueblos con itinerarios hacia la costa, sierra y selva y viceversa, y que la hacía un importante punto de intercambios comerciales. El inca Atahualpa, el último monarca tahuantinsuyano, había nacido en Quito, pero residía aquí.

Los incas llegaron también para ocupar este territorio como parte de una política de expansión y dominio sobre otros pueblos. Fue el inca Túpac Yupanqui – hijo de Pachacútec -, quien venció a los curacas Concacax y Cosa Tongo del reino de Cuismanco en 1460. En este archipiélago de valles, habitaban varios pueblos organizados en pachaquías y guarangas, unidades sociopolíticas de 100 y 1000 personas cada una, respectivamente. Estas guarangas eran: Cuismanco (la principal, ubicada en la actual Contumazá), Pampamarca, Caxamarca, Pomamarca, Chondal, Chuquimango y Mitimaes, reunidas en un solo gran curacazgo. Los cuismancos, vencidos por los incas, se sujetaron a estos hasta 1532.

Los españoles arribaron aquí en 1532 y encontraron un imperio incaico débil, fracturado, por la contienda fratricida entre Atahualpa y Huáscar, herederos del trono y, por otro lado, el hartazgo anidado entre muchos pueblos sometidos por el imperio. De hecho, la mayoría de historiadores considera que esta última causa es bien fuerte para que el incanato haya caído: durante las batallas entre españoles e incas se veían a varios pueblos nativos aliados a los primeros, como los huancas y cañaris. Después de la victoria española, Cajamarca fue entregada como encomienda por parte de Francisco Pizarro al conquistador Melchor Verdugo (su nombre está inscrito hoy en la pileta de la Plaza de Armas). La encomienda, institución de origen europeo-medieval, consistía en la entrega de un conjunto de tierras y nativos tributarios.

No obstante, lo que pudo haber sido el reino de los conquistadores, con autonomía si se consolidaban, terminó con el enfrentamiento entre su núcleo dirigente: los bandos de Francisco Pizarro y de Diego de Almagro se disputaron el Cusco. Una discordia que parece ser creación de la corona (la famosa estrategia del divide y vencerás) culminó con la designación de Blasco Núñez de Vela como primer virrey del Perú en 1543.

El virreinato español designó a Cajamarca pueblo de indios y corregimiento en 1566. Con la primera categoría, se congregaba a pueblos nativos – distantes y dispersos – con el objetivo de reducirlos y facilitar el cobro del tributo, enviarlos a la mita y evangelizarlos. Con la segunda categoría, en articulación con los caciques, se mantuvo el orden y la administración social-económica. No obstante, a pesar de que Cajamarca y dispuesto así por las autoridades españolas, era un lugar de hábitat exclusivamente indígena, se fue poblando de españoles civiles, mestizos y otras castas de manera cada vez más frecuente y numerosa a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. Las razones de estas migraciones se deben probablemente, a las mismas por las que distintos pueblos prehispánicos habitaban la zona, por las que los incas decidieron establecer aquí un huamaní o provincia y el que el inca Atahualpa residiera: buen clima; bello paisaje; suelo fértil; producción de textiles; ser conexión de distintas regiones, costa, sierra y selva; punto de intercambios comerciales; mano de obra.

Se registran 662 habitantes españoles en 1632, cifra que aumentaría a 900 españoles en 1644 y que llegaría a los 4 mil en 1675 (Argouse, 2008). Esta cifra continúo en ascenso, junto al de mestizos y otras castas en los siglos posteriores. Se cree que primero llegaron conquistadores, sus familiares y personas cercanas a ellos; luego, mucha gente que no la pasaba muy bien en España (debido a su sociedad aún medieval, señorial-estamental), entre otras razones. Provinieron principalmente de las regiones de Castilla, Andalucía, Extremadura, Aragón, Valencia, La Mancha, Murcia; zonas del sur de la península, cercanas al puerto de Sevilla, desde donde se enrumbaron al nuevo continente.

Hay un episodio bastante conocido en el siglo XVII, contado por monseñor Dammert en Cajamarca independiente que releva este siglo de convivencia conflictiva, se trata de una disputa entre españoles civiles y religiosos: curas franciscanos, a cargo de la evangelización indígena, se opusieron al proyecto de construcción de la iglesia Santa Catalina, exclusiva para españoles, pues significaba la irrupción de habitantes que no debían ocupar este lugar; derrumbaron los muros de La Catedral en varias ocasiones (Dammert, 1974). Cajamarca era pues pueblo de indios y solo podían habitar ellos, pero no ocurrió así. La presencia española civil o del común fue cada vez más acentuada, algo que con el tiempo desencadenó que se constituyeran instituciones para su estadía permanente. Compusieron tierras en 1644, construyeron el hospital de mujeres y varones y lo entregaron a los bethlemitas en 1677 y edificaron la iglesia Santa Catalina definitivamente en 1682. Tierras, obrajes, minas, comercio, mano de obra; hospital, iglesia, mercado, cementerio, cárcel; entre otros bienes y servicios en el siglo XVII, son las condiciones que crearon para su estadía prolongada y el de sus descendientes; y así fue que perfilaron esta ciudad para ellos. Con el tiempo, Cajamarca pasó de ser pueblo de indios a villa; luego, ya en época republicana, se hizo ciudad.

Desde este temprano siglo XVII, con una acentuada presencia española, llegó el comercio de esclavos africanos a la localidad.

Cajamarca en el siglo XVIII.

Con varios hechos que aún hacen falta investigar durante los siglos XVI y comienzos del XVII, el suceso más significativo del siglo XVIII fue el descubrimiento de las minas de Hualgayoc en 1771 por Rodrigo de Torres y Juan José de Casanova, ambos españoles – de Pamplona -; este acontecimiento representó un boom económico en toda la región, teniendo su pico más alto en el bienio 1791-1792; llegaron más migrantes de lo acostumbrado o se produjo una nueva oleada migratoria, incluyendo desde la lejana España.

Este hecho fue parte de una política de reactivación de la economía por parte de los borbones franceses en el poder de España, después de casi un siglo de mal gastos, derrotas en guerras y en suma, un conjunto de errores acumulados por los habsburgo. Como parte de esta racha, la realidad económica de la colonia estaba en detrimento. Las provincias de la costa norte, por ejemplo, hacendarias, dedicadas a la producción de caña de azúcar, ya no tenían el mismo flujo comercial con Panamá. Mientras que las provincias de la sierra norte, como Cajamarca y sus vecinas, productoras de textiles, pasaban una crisis tras el ingreso de textiles europeos, debido a la libertad de comercio (O’Phelan, 1993).

Por el boom económico minero, llegaron a Cajamarca pobladores de Pataz, Huamachuco y Conchucos; de Trujillo, Lima, Saña, Chachapoyas; y de España, de las regiones de Santander, Cataluña, Navarra, Galicia, Andalucía y Vizcaya (esta vez, la mayoría de migrantes provenían de la parte norte de España y ya no del sur como en los siglos XVI y XVII).

Estas minas generaron una recuperación económica de la zona, en déficit durante muchos años, pero a costa del trabajo de mano de obra en condiciones de esclavitud y semiesclavitud.

Según el censo de Martínez de Compañon de 1783, la mano de obra en el asentamiento minero era en su mayoría mestiza, luego parda (mulatos, zambos) y finalmente indígena. Debido al alto mestizaje en la zona, es que estos se constituyeron en la mayor parte de la fuerza laboral. Sin embargo, hay algo bastante importante que anotar: O’Phelan menciona, en el artículo Vivir y morir en el mineral de Hualgayoc , que mulatos y pardos – descendientes de africanos – trabajaban en los socavones – la parte más peligrosa de la mina -, mientras que mestizos e indígenas trabajaban en los exteriores, de forma que los primeros, por trabajar en condiciones más duras y peligrosas, tenían menos tiempo de vida, 30 años aproximadamente.

Este momento es propicio para introducir algunos pasajes del ensayo biográfico Sor Mercedes Espinach, vidente y profetisa (1933) de Amalia Puga de Losada.

Micaela Espinach y Gonzáles de la Puerta (1798-1866) era una jovencita, hija del catalán Antonio Espinach y Palaso y de la cajamarquina, de origen español, Isabel Gonzáles de la Puerta, que quedó huérfana después de que un rayo, cerca a las minas de Hualgayoc, fulminara a su padre. Su tío abuelo, Miguel Espinach, potentado militar, terrateniente y minero catalán asentado en la región, después de este fatídico accidente, se hace cargo de ella. La quiere como su heredera, sin embargo, no cuenta con que Micaela, desde muy niña, ya sembraba una orientación hacia el monjío, hacia la vida religiosa. Su tío abuelo, se opone a esta decisión rotundamente, pero no puede hacer nada para impedirlo. Muchos años después, Micaela, convertida en monja, cambiaría su nombre a Sor Mercedes y se convertiría en una famosa vidente y profetiza de nuestra localidad.

De Miguel de Espinach y de esta familia, menciona Amalia:

Una de aquellas encopetadas y lindas señoritas, hijas de Doña Isabel, casó con Don Antonio Espinach y Palas, joven catalán, sobrino carnal del Coronel de los Ejércitos Reales y primer magistrado de la circunscripción, Don Miguel Espinach, quien, a la importancia de su puesto de subdelegado, unía la que su inmensa fortuna, consistente en esclavos, casas, haciendas y, principalmente, minas, como que el Socavón Real de Hualgayoc se llamó también Socavón de Espinach, y con tal nombre le consigna Humboldt en su libro «Cuadros de la Naturaleza», al describir su visita a dicho asiento minero. Como Don Miguel era célibe, había hecho venir de España a su sobrino [Antonio] y adoptándole por hijo, para que en él recayeran todos sus bienes. Le quería mucho y aprobó su casamiento con entusiasmo” (p. 495).

Esta alusión a los esclavos como parte de los bienes de Miguel Espinach, es lo que nos llevó a cruzar este texto Sor Mercedes, vidente y profetisa de Amalia Puga con otro, La presencia del africano en Cajamarca (1600 – 1855) de Flaminio Álvarez.

Africanos esclavos en Cajamarca

La palabra negro hace alusión a una raza, atribuida por los españoles a las personas con piel negra, traídos desde el áfrica para trabajar como mano de obra esclava en varias actividades económicas en nuestro continente, país y ciudad.

Provenían principalmente de Angola, Congo, Biafara, Bran, Mina, Arara, Cocolí, Bañol, Nalú, Cacanga, Caravelí, Guinea, Cabo Verde, entre otras partes de la áfrica subsahariana. Estos africanos “importados”, no eran exactamente libres: muchos fueron, en sus lugares de origen, prisioneros en condición de esclavitud.

No obstante, en América, los africanos fueron racializados y esclavizados por razón de su color de piel y mantenidos así cerca de 250 años (aunque el racismo persiste; es la colonialidad del poder, como dice Quijano). Estas poblaciones fueron traídas por una severa crisis demográfica en el siglo XVI. Indígenas, también racializados y sometidos, empezaron a morir por el conjunto de epidemias que los españoles habían traído, entre las que se cuentan la viruela, gripe, sarampión, fiebre amarilla, tifus, entre otras. La mano de obra africana llenó el vacío que la indígena había dejado.

Después de viajar muchos meses en los famosos barcos negreros en condiciones infrahumanas, el ingreso de los africanos se realizaba por los puertos del Callao (Lima), Huanchaco (Trujillo) y Paita (Piura) desde 1600; una vez arribados a las costas peruanas, eran traídos por comerciantes de origen español a la sierra de Cajamarca para ser intercambiados por pesos o por trueque. Los primeros africanos llegaron en 1602. Nuestra localidad fue elegida para este negocio por ser una región altamente productiva y comercial; desde aquí traficaban con compradores que venían desde distintas zonas de la costa, la sierra y la selva.

La compra-venta de esclavos se realizaban los días jueves y domingos en el mercado de la localidad: la plaza de armas. Los precios dependían del estado físico del africano. Si era joven y en buena condición física, costaba más, si era niño, mujer, anciano o con alguna enfermedad, costaba menos. Los precios oscilaban entre los 200 y 550 pesos. En algunos casos había ofertas: una pareja y su hijo menor podían ser comprados por el precio de uno. Trabajaban en actividades económicas como la agricultura, ganadería, obrajes, minería, servicio doméstico, entre otros (Álvarez, 2008).

Flaminio Álvarez presenta una larga lista de mercaderes, algunos españoles, otros nacionales y también locales, que extrajo de los archivos notariales del Archivo Histórico de la Región Cajamarca:

  • Capitán Don Antonio de Novoa, señor del Reino de Galicia (1606)
  • Don Francisco Ugarte, vecino de la ciudad de Panamá (1625)
  • Don Gabriel Santisteban, morador de Quito (1794)
  • Don Pedro de Olórtegui de Chachapoyas (1612)
  • Don Pedro Bautista Vigo de Cajamarca (1615)
  • Doña Francisca de la Valenzuela de Trujillo (1605)
  • El capitán Melchor Venegas de Chiclayo (1624)
  • Don Juan Gutiérrez Príncipe de Lambayeque (1699)
  • Don Nicolás Mendoza de Lima (1609)
  • Don Cristóbal García de Yungay (1601)
  • Don Lorenzo de Quiroz de San Miguel de Pallaques (1649)
  • Don Tomás Gonzales de la Torres de Huambos (1620)
  • Don Alonso de Aguilar de Celendín (1606)

A diferencia de los mercaderes que provenían de España o de ciudades muy alejadas, los compradores de africanos eran de la órbita de Cajamarca. Civiles, militares, religiosos (franciscanos, agustinos, bethlemitas, etc.) y otros sin oficio o profesión conocida, querían tener al menos un esclavo bajo su propiedad o dominio. Debido a esta dispersión por toda la región y zonas aledañas, Gaytán Pajares nos dice que la población africana no llegó a consolidar un grupo cultural representativo o visible en nuestra ciudad (Álvarez, 2008).

En el Perú, el presidente Ramón Castilla dictaminó la abolición de la esclavitud en 1854, en consonancia con procesos de aboliciones de la esclavitud en todo el mundo. En estas circunstancias, los africanos quedaron liberados del trabajo gratuito, sin embargo, muchos quedaron en total desamparo – El Estado nos les brindaba ningún servicio o empleo -, teniendo que negociar su fuerza de trabajo por salarios ínfimos pasando de la esclavitud a condición de semiesclavitud.

Bibliografía

Imágenes tomadas de:

La poesía, fiesta de la aparición

Reseña de «La Aparición, ensayos sobre el ser y el aparecer» de Mariano Iberico, a propósito de haberse cumplido 70 años de la publicación de este libro, considerado uno de los más importantes de la filosofía peruana y latinoamericana.

Por Carlos Reyes Álvarez, filósofo UNMSM y miembro del Grupo Pedro Zulen.

Es considerado el libro más importante de Mariano Iberico (Cajamarca, 1892 – Lima, 1974), aunque es injusto plantearlo por la originalidad de toda su obra. En este ensayo, publicado en 1950, plantea la ontologización de la aparición o lo que es lo mismo, la ontologización de las imágenes, la fantasía, el sueño. El mundo con el que trabaja el arte, aunque especialmente la poesía. “La poesía es la fiesta de la aparición”, sostiene.

La poesía es un fenómeno de expresión, como tal, expresa o hace evidente algo que subyace detrás, el sentido. La expresión podemos entenderla como aparición y el sentido como ser. Toda la primera parte del libro La aparición, la dedica a la mediación del lenguaje en el que la poesía juega un rol fundamental o dicho, en otros términos, es el lenguaje privilegiado. Este giro lingüístico no es particular en Iberico, se produce en la filosofía contemporánea. Presta mucha atención a las reflexiones metafísicas, asociadas al lenguaje, de Martin Heidegger. Así mismo, y como algo que atraviesa toda La aparición, tiene la influencia de autores como Plotino, Novalis, Bergson, Klages, Scheller, Kierkegaard, principalmente.

El ser es un tema clásico en la filosofía universal, desde que fue postulado por primera vez por Parménides. El ser es la totalidad de lo real, fundamento de todo. Y tiene las características de la unidad, inmovilidad, existencialidad, infinitud, correspondiente a las categorías del pensamiento. No obstante, el ser siempre aparece o se manifiesta.

112775062_696123751237976_1407769217264508648_nEl mundo de la sensibilidad o de la aparición, fue planteado también hace mucho tiempo por los primeros filósofos griegos, al cual entendían como un mundo cambiante, ontológicamente negativo – si es que es posible hablar de una ontología -. Y no es otra cosa que el mundo cotidiano, el mundo de la materia o de la naturaleza, en el que vivimos. Los filósofos metafísicos la desdeñaron porque creían que la verdad, la bondad y la belleza, se encontraban en una realidad superior y solo asequible por el pensamiento. Con ello, también menospreciaron la gnoseología de la sensibilidad, así como la imagen, el arte. Recordemos la expulsión de los artistas y poetas de la república ideal de Platón.

Desde los textos El romanticismo (1922) El Viaje del espíritu (1929), El mito y la cultura popular (1929) y La unidad dividida (1932) podemos sostener que Iberico empieza a considerar al mundo del aparecer como una ontología positiva – o acaso como un ontología a secas -, dejando atrás la negatividad que le habían atribuido la tradición eleática y Bergson (con quien comulgaba en casi todo hasta poco antes). Ahora, influenciado fundamentalmente por autores románticos y cristianos, empieza a plantear que la realidad natural o sensible es muy importante ya que es la creación o manifestación de algo más profundo: Dios.

Este libro tiene una única publicación, el 03 de julio de 1950 por la Imprenta Santa María en Lima, como parte de una edición de conmemoración del IV Centenario de Fundación de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El doctor Marcial Abanto, discípulo cajamarquino suyo, habla de una mano negra, política, que retiró el libro del mercado el mismo año de la publicación. Y se condice con las pocas ediciones que circularon.

Creemos que urge hoy una reedición de La aparición para exhibir las “características de nuestro empeño de ser también, en cosas del espíritu, nosotros mismos”, dice Alberto Wagner de Reyna.

Es Mariano Iberico quien, por primera vez en la historia de la filosofía, habla de una ontología de la aparición, he ahí la trascendencia del libro para la estética y la metafísica. El filósofo Francisco Miró Quesada sostiene, sin pecar de grandilocuencia, que es Iberico por la autoría de este libro y otros complementarios, el pensador más original de Latinoamérica.

En esta breve y modesta reseña del libro, después de 70 años de haber sido publicada, exponemos algunas ideas principales del autor. Respetamos el orden del índice, por lo que comenzaremos hablando de la primera parte del libro dedicada a la mediación del lenguaje, en donde están los capítulos: 1. La poesía, 2. La transrealidad del objeto poético, 3. Lenguaje y metafísica, 4. La simbólica del aparecer y el sentimiento del destino. Para luego pasar a la segunda parte: 1. Ser y 2. El aparecer.

  1. LA MEDIACIÓN DEL LENGUAJE

A. La poesía

 Dedica la primera parte del libro a la mediación del lenguaje y considera a la poesía como el lenguaje privilegiado. No obstante, trata también sobre el lenguaje conceptual al que le atribuye otros nombres. Lo define para entenderlo mejor en su diferenciación con el lenguaje poético. La poesía es un fenómeno de expresión, la única herramienta con la que se puede manifestar la aparición.

Sin embargo, antes de profundizar en este tema de la poesía, escribe a manera de prólogo algunas consideraciones sobre la cultura. Sostiene que la cultura es parecida a una planta. La planta tiene una base, tierra germinal y tiene también un espacio o atmósfera en la que se desenvuelve.

Asocia la base a varios elementos, como la tierra germinal, la oscuridad, el secreto, la semilla, la materia de la vida vegetativa, la naturaleza, el pasado, la actividad creadora del genio individual y del pueblo, desde lo cual parte todo. Por otro lado, asocia el espacio o atmósfera a la plenitud vital, la luz, la eternidad, lo intemporal, la perfección, la universalidad, las formas ideales, el espíritu.

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La planta es la cultura que surge desde la profundidad de la materia o naturaleza y se eleva hacia la perfección o plenitud vital de la atmósfera. Encontramos aquí, aquella concepción de la naturaleza como una ontología positiva, alejándose de la filosofía eleática y del bergsonismo temprano (el cual influenció bastante en el autor) que sostenía lo contrario. La cultura, obra de la humanidad, encargada de este trabajo de ascensión, tendría a la religión y la poesía como sus dos fundamentales medios de acceso.

La poesía es para Mariano Iberico “el arte de expresar con palabras – gratas en sí mismas al oído y más gratas todavía por su recíproca relación melodiosa y rítmica – el modo de aparecer de las cosas, el cómo de la vida. Y como el aparecer es una categoría ontológica que sólo se da con relación a un sujeto, a un alma, a un como espejo a la vez superficial y profundo, resulta que la poesía es el lenguaje de las imágenes que brillan en el cristal del alma, y en las cuales se configura y en cierto sentido se disfraza y encubre y a la vez que se revela el misterioso Ser sin figura y sin nombre”.

Los elementos de la poesía son: el objeto poético, la emoción poética, la expresión poética y el acto poético

B. La transrealidad del objeto poético

La transrealidad, llamada también aparencialidad significativa, no es otra cosa que la apariencia, la imagen, la fantasía o el sueño. Es decir, todos aquellos productos de nuestra imaginación que poseen una realidad, no histórica o material, sino una de otro tipo.

En la mayor parte del texto hace referencias a la identidad entre poesía y sueño. Como si ambos configuraran un nuevo plano de realidad o de existencia, un otro-mundo; el espacio de la transrealidad. Cita, para explicar mejor esta idea, a filósofos que van desde Platón, pasando por Nietzsche, Albert Béguin, Bergson, Klages, hasta los románticos alemanes.

En estos últimos se delinearía mejor esta identidad de poesía y sueño. En ellos, “el sueño es la inmersión del alma en la oscura región donde la propia vida y la vida universal se identifican y confunden” (p. 61)

De la transrealidad sostiene que es “un cierto modo de ser de la apariencia, que se independiza de las limitaciones espaciales y temporales de la corporeidad y de la acción” (p. 66). Luego advierte “pero que no debería tomarse como sinónima de insignificancia, vanidad o irrealidad del objeto poético, puesto que su transrealidad le confiere, al contrario, un misterioso e inexpresable coeficiente de profundidad y de sentido” (p. 66).

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Con esta frase se refiere a la relación complementaria o una tensión entre sentido y expresión, algo que menciona constantemente en La aparición. No es otra cosa que la relación entre ser y aparecer, entre lo profundidad y la superficie, entre fondo y forma, en términos aristotélicos. No obstante, sostiene algo nuevo e interesante acerca de estos dos elementos: “existen objetivamente pero no todos las perciben”. Algunas personas solo llegan a captar la apariencia, en otros casos solo la profundidad. También existen los casos en que no llegan a percibir ninguna

C. Lenguaje y Metafísica

Aquí desarrolla la relación entre el lenguaje y el ser. Se deja notar, no solo en este texto sino en todo el libro, el giro lingüístico de la filosofía contemporánea.

En el lenguaje sostiene el autor, se pueden aislar tres elementos: el elemento sensible, el elemento ontológico y un tercer elemento que relacionaría ambos. Se refiere al lenguaje como elemento audible, al lenguaje como imagen real y al lenguaje que uniría lenguaje audible con imagen u ontología de la imagen. “El lenguaje es, en verdad un fenómeno representativo de la más profunda y misteriosa estructura de la existencia” (p. 71)

En este apartado vuelve a insistir en el binomio complementario de ser-aparecer. Y lo define mejor al sostener que “…el sentido sería así la unidad, lo invisible, lo permanente, es decir aquello que tiene las cualidades que ordinariamente se predican del ser. La expresión sería lo que está sujeto al cambio, lo que al fin y al cabo está incluso en el incontenible fluir de la vida” (p. 74)

El lenguaje tiene dos operaciones: el acto emanatístico o hipostático correspondiente a la expresión poética y en el cual se manifiesta el sentido, y por otro lado, el acto demiúrgico, mediante el cual se conceptualiza la multiplicidad de las apariencias. Habla, en resumen, del lenguaje poético y del lenguaje conceptual. El primero se aboca a la expresión y el segundo al sentido. Sostiene que desarrolla con más amplitud en este acápite, el lenguaje emanatístico o hipostático.

boda_alejandro“Llamamos operación hipostática aquella en que el sentido, en sí mismo invisible, suprasensible desciende a encarnarse y configurarse en la palabra”, sostiene Iberico. Y denomina a esta operación con ese nombre por analogía con la hipóstasis plotiniana. La teoría de que la realidad múltiple es producto de la emanación o hipóstasis del ser-UNO.

Dedica una buena parte de este texto a la metáfora, tema que desarrollará con autonomía y amplitud en el libro Estudios sobre la metáfora.

“El lenguaje afectivo es metafórico, es decir que los contenidos anímicos de esa calidad tienden siempre a ser configurados mediante imágenes tomadas del mundo sensible o también que las imágenes sensibles, directamente captadas por los sentidos se expresan con palabras que aluden o se refieren a los sentimientos del alma. La metáfora expresa el alma” (p. 95-96)

La metáfora es un lenguaje que plantea semejanzas de unas cosas con otras, o apariencias con otras apariencias. Ese es precisamente el modo de acceder al sentido, mediante la analogía.

D. La simbólica el aparecer y el sentimiento del destino

Con simbólica del aparecer se refiere a que la aparición se da siempre mediante una simbología. En ese sentido, el universo o la realidad cósmica se transmite a nosotros a través de símbolos.  Algo que pudo ser captado por la mentalidad arcaica y en la actualidad, por cualquiera que tenga un pensamiento simbólico.  El autor repara que, se ha considerado a menudo el tema del conocimiento del hombre primitivo como carente de interés o no filosófico.

La captación de la aparición, por parte de la mentalidad arcaica o del pensamiento simbólico, es en realidad un sentimiento de la comunidad, sostiene. Resalta aquí el carácter colectivo de este conocimiento.  Y es mediante la captación del aparecer, que manifiesta al ser, que esta comunidad logra captar su propio origen y destino.  Recordando lo mencionado en el primer capítulo dedicado a la poesía: el ser es un viaje que parte desde un origen o “tierra germinal” y va hacia un tiempo-futuro en busca de la “eternidad” o retorno al mismo fundamento, que es lo mismo.

Por otro lado, el autor menciona que esta forma de captación de la aparición es un dogmatismo gnoseológico en el sentido en que el dogmatismo cree posible el conocimiento de la realidad, pero a diferencia del racionalismo, que cree que la realidad se adecúa a la inteligencia, en el pensamiento simbólico hay una relación entre sentido y expresión. Iberico sostiene que hay una diferencia entre racionalismo y pensamiento simbólico en tres aspectos: 1. La concepción de la verdad, 2. Modo de captación y formulación final del sentido, 3. Por el diverso uso metodológico y gnoseológico de los principios del conocimiento.

Resalta el aspecto de la mentalidad arcaica que consideró a la simbólica universal o aparecer total como un lenguaje del destino, y así establecieron un parentesco entre cuatro formas de entender el aparecer: la magia, el mito, la poesía y la mántica o adivinación del destino.

 “Lo que la poesía, la profecía, la horoscopía descifran en el lenguaje de la naturaleza, en los signos del aparecer de los tiempos, en los misterios de los sueños y aun en la angustia desnuda que acompaña la música del devenir, ¿qué es? Es algo que viene del alma y se dirige al alma. Algo que viene de la vida y se dirige a la vida – ya que la muerte no habla y si habla es que vive -. Y como lo que viene de la vida y se dirige a la vida es destino, resulta que la filosofía simbólica es en el fondo una intuición, y para emplear esta palabra en su acepción más literal acaso la más profunda y auténtica, una teoría del destino”.

En efecto, es el hombre primitivo o arcaico productor de imágenes, utiliza el principio de analogía, el lenguaje metafórico para mostrarnos la realidad. Realidad profundamente sagrada. Realidad, además, en la cual configura su origen y su destino.

Critica, no solo en este apartado sino constantemente, el que en este mundo moderno exista una desaparición del sentimiento simbólico del aparecer y una extinción del sentido del destino. Es decir, que la forma en que el hombre primitivo concebía el mundo, un mundo con alma, que nos muestra una apariencia que tiene un fundamento más profundo, divino, ha desaparecido. El hombre moderno es un destructor de la aparición, de la materia, de la naturaleza.

  1. SER Y APARECER

A. El ser.

Comienza el texto marcando distancia de la concepción del ser de Inmanuel Kant. Sostiene que, para Kant, la cosa en sí existe de modo independiente de la conciencia. La cosa en sí para Iberico es inseparable de la conciencia. Recordemos que la aparición tiene una de sus formas de manifestación en el lenguaje poético, que se da en la conciencia.

El ser no se puede dar sin aparecer, sostiene. Concibe el ser de tres modos: uno lógico, otro existencial y uno de forma o esencia. En el modo lógico hay un aspecto relacional o de subordinación, por ejemplo, “el azul es un color”. El color es el género y el azul es la especie. El modo existencial refiere a la realidad del ser, a su objetividad, a su solidez y no solo a su relación, así podemos decir “el azul es”.

Luego sostiene: “El ser es así, algo que está más allá de la apariencia pero que también está presente en ella, como el sentido de una frase que está más allá de las palabras pero que las penetra, las anima y sostiene. El ser de la frase es el sentido, el sentido de las cosas es su ser; sentido que ellas expresan en el lenguaje del aparecer”.

criton-apoya-la-mano-en-el-muslo-de-sc3b3crates1-e1454963442431Iberico hace un análisis de la concepción del ser de Parménides, precisamente el fundador de la metafísica, abordando las características de éste como de inmovilidad, unidad y existencialidad. Hace lo propio con la filosofía del devenir de Heráclito. Concluye sosteniendo que el ser de Parménides es sólido, inamovible, profundo y se manifiesta en el aparecer de heráclito, el cual fluye, cambia, se modifica. De este modo, “el ser, como algo que se despliega en la heterogeneidad del devenir, lo trasciende y está en él” (p. 142)

En las siguientes páginas, se concentra en la existencialidad del ser. Cita a varios autores a los que trabajó para la producción de los libros La Unidad Dividida, como Pascal y Dostoievski. De ellos, aunque el término existencia y la ocupación sobre este tema provenga de kierkegaard, sostiene que se ocuparon de la existencia no como una unidad abstracta sino como la nada, la muerte.

 “el ser de los entes reales no se da como unidad pura, abstracta y estática sino como una unidad que, de un modo o de otro, encierra en sí la división y con ella, el secreto de la fecundidad y del devenir” (p. 150)

B. El Aparecer

En este apartado pretende encontrar el sentido ontológico o metafísico del aparecer. “La aparición es un aparecer al alma, y el alma quiere aprehender lo que está más allá de esa relación: lo en sí de las formas y modos de aparecer” (p. 176)

Lo más interesante de la primera parte de este texto son las críticas al modo como concibió Kant el aparecer, que resumimos del modo siguiente:

  1. Redujo el aparecer a la “simple” categoría de fenómeno.
  2. Plantea el inconveniente de toda síntesis, el fundamentar la separación primero. Se tiene a la materialidad del contenido por un lado y por otro, a las formas trascendentales y vacías.
  3. La objetividad kantiana desconoce la autenticidad del aparecer convirtiéndolo en un mixto de elementos.
  4. La síntesis kantiana ignora la verdadera unidad del aparecer.

Iberico conceptualiza el aparecer como “la presencia universal del ser al alma, ya por medio de las sensaciones, ya sea en la intuición sensible, ya sea en la intuición mnemónica, o en la imaginativa y fantástica, o en alguna otra forma de aprehensión inmediata” (p. 179). En el texto La transrealidad del objeto poético, Mariano cita a los románticos para sostener que el alma está en todo, en la naturaleza y en el hombre, como una unidad

friedrich_nietzschePor otro lado, el propósito o intención de tratar el tema del aparecer consiste en “encontrar a través de la aparición, el sentido transfenoménico del aparecer y sobre todo exponer el contenido de una visión intuitiva, es decir inmediata de la totalidad oceánica de lo real, sugerir la experiencia de la tensión vital universal entre la profundidad y la superficie, tensión en que la profundidad es el sentido de la superficie y la superficie el lenguaje y la epifanía de la profundidad” (p. 180)

Desarrolla a continuación varias proposiciones acerca del aparecer, que las resume así:

  1. El aparecer es una heterogeneidad inexhaustible que se despliega en el tiempo y espacio
  2. El aparecer es aparecer de un alma
  3. El aparecer está sujeto a las leyes empíricas del contraste y de la alternación rítmica
  4. El aparecer se da según modos y relaciones comparables a los que se dan en el mundo de la luz
  5. Todo aparecer expresa o dice relación al ser

CONCLUSIONES

Al final, el autor señala a tres ontologías y no dos, que actúan en estas operaciones: el ser, el aparecer y “el reflejo especular del aparecer”. A este tercer elemento lo entiende de la siguiente manera:

“El ser en sí sale de sí en un éxodo creador y suscita el aparecer; el aparecer por la ley del desdoblamiento ontológico, se constituye en ser y a su vez se proyecta en nuevo aparecer, en una nueva aparición. De otro lado, el reflejo de la aparición no es mera receptividad pasiva sino una reacción que al propio tiempo recibe la luz y la proyecta, despertando nuevas apariencias y continuando de este modo el movimiento de la imaginación universal. Así estas tres entidades: ser, aparecer y reflejo especular del aparecer se corresponden y en cierta medida, se implican y mutuamente se reclaman y engendra” (p. 217-218).

En otras palabras, el aparecer se convierte en un ser y éste desarrolla un nuevo aparecer. Y así sucesivamente.

Cajamarca, 25 de julio de 2020.

BIBLIOGRAFÍA

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  7. Vexler, Francisca (2018). La filosofía de Mariano Iberico. En: Rivara de Tuesta (coord.). (2008). La intelectualidad peruana del siglo XX ante la condición humana. Lima: Editorial Gráfica Euroamericana.
  • Imagen de la portada principal: Pintura de Percy Pimentel Pantoja.