Semblanza del Doctor Capelo. Un estudio psicológico

Por: Dora Mayer de Zulen.

El doctor Joaquín Capelo fué un hombre de energía y voluntad que dirigió con gran conocimiento de causa las labores de la Asociación Pro-Indígena de 1909. Durante la construcción del camino al Pichis había estado en contacto permanente con el operario indígena. Las personas a quienes fastidiaba la campaña reivindicadora del aborigen comentaban con sorna que el doctor Capelo había sido un tirano como cualquiera de los indios. Efectivamente sería así.

 

El proyecto del camino al Pichis fué un ideal especial del doctor Capelo quien fué ingeniero activo antes que Catedrático de Matemáticas en la Universidad Mayor de San Marcos e intelectual de alta filosofía, como lo demuestran interesantes artículos insertos en «El Deber Pro-Indígena», pequeña revista que salía mensualmente entre 1912 y 1915. Considerando el estado de evolución del pensamiento en el país hace casi cincuenta años fué genial el afán del doctor Capelo de construir una vía terrestre de comunicación con el apartado departamento de Loreto, cuya capital Iquitos miraba casi más al Oriente extranjero que al Occidente nacional. Luchando contra los obstáculos de la naturaleza y la humanidad que se le oponía, el doctor Capelo sufrió de una excitación que priva al ser humano de calma y paciencia; el indio, el brazo que debía obedecer a los fines que señalaba el cerebro ajeno irritaba los nervios del dirigente con actitudes rehacías. Entraba también en el proceso la soberbia del cerebro que se estima como un elemento superior, aunque nada puede realizar de sus conceptos sin ser secundado por los miembros acéfalos.

Después de ser zapador de la unificación de la República por medio de una comunicación que vencía las distancias y sinuosidades geográficas, Joaquín Capelo regresa a Lima y se inserta en la vida metropolitana, reposada a no ser por las agitaciones políticas. Además de ingeniero y catedrático es político y es Senador en el Congreso Nacional, donde libra batallas parlamentarias. También allí le contagiara alguna emoción violenta, pero es un intelectual y obra sobre un fondo de intención benévola. Sus experiencias reducidas a recuerdos meditativos, lo hacen filantrópico. Reconoce en retrospecto la trágica suerte del indio, y también de otros elementos obreros algo más adelantados, pero también pospuestos, en la región de la costa. Es demócrata en el Parlamento; es agudamente raciocinador en la conversación privada. Sin embargo es posible que un retorno a una vida excitada, habría vuelto a empujarlo a actitudes irritadas, pues las debilidades en el carácter de los hombres son persistentes. Con frecuencia los impulsos dominan al hombre y no el hombre los impulsos. Algo de vanidad y de soberbia acecha a cualquiera que se nota dotado de ciertas cualidades.

Hacia el final de la vida del doctor Capelo se rinden la energía y el optimismo tan propios de su personalidad y la estrella de su destino palidece en un postrer pesimismo que nubla su ocaso que podría haber sido de hermosos reflejos de luz.

El caso del doctor Capelo es típico dentro de un estudio psicológico de la humanidad. Y he ahí un tema de meditación utilísima en un empeño de combatir los odios sociales. El hombre de una clase que ofende a otra clase es apto de corregirse y recapacitar sus joaquin capeloerrores. Son circunstancias de momentos largos o cortos las que lo priva de ponerse en el lugar del prójimo al cual traía mal. Los defectos de carácter de cada uno de los seres humanos son muy generalizados. Ambiciones de la especie que tuvo el doctor Capelo al idear el camino al Pichis crean un estado de impaciencia que hace olvidar las consideraciones hacia cualquier otro objeto. Mientras más se acelera un movimiento en persecución de adelantos más se extiende a atropellos punibles. Contra tales condiciones hay que protestar, pero también hay que perdonar, considerando que todos los hombres, con excepción de una minoría verdaderamente pequeña padecen la misma propensión a las faltas respectivas. Actos de violencia, o de soberbia, o de descuido, son muy frecuentes dentro de una misma clase y no sólo de clase a clase. Con la edad un hombre puede ponerse en oposición a la conducta de su juventud. Pero siempre se llega a la conquista de una mayor justicia, por medio de reflexiones ponderadas y nunca a fuerza de actos hostiles. Y la positiva bondad o maldad de un hombre sólo puede aquilatarse cuando ha descendido a la tumba, porque mientras vive depende si es corregible o no.

 

 

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